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Carta de Pero Vaz de Caminha

Señor,

Por bien que el capitán mayor de esta vuestra flota y así los otros capitanes escriban a Vuestra Alteza la nueva del hallazgo de esta vuestra tierra nueva que ahora en esta navegación se ha hallado, no dejaré tampoco de dar cuenta de eso a Vuestra Alteza así como mejor pueda, aunque para bien contar y hablar lo sepa hacer peor que todos. Pero tome Vuestra Alteza mi ignorancia por buena voluntad, la cual bien cierto crea que ni por adornar ni por afear haya aquí de poner más que aquello que vi y me pareció.

Del marinaje y singladuras del camino no daré aquí cuenta a Vuestra Alteza porque no lo sabré hacer y los pilotos deben estar a ese cuidado, y por tanto, Señor, de lo que he de hablar comienzo y digo.

Que la partida de Belém, como Vuestra Alteza sabe, fue el lunes 9 de marzo, y el sábado 14 de dicho mes, entre las ocho y las nueve horas, nos hallamos en las Canarias, más cerca de Gran Canaria, y allí anduvimos todo aquel día en calma, avistándolas obras de tres o cuatro leguas, y el domingo 22 de dicho mes, a las diez horas poco más o menos, avistamos las islas del Cabo Verde, scilicet [esto es], la isla de São Nicolau según dijo el piloto Pêro Escolar. Y durante la noche siguiente, en la madrugada del lunes [23 de marzo] se perdió de la flota la nave de Vasco de Ataíde sin que hubiera tiempo fuerte ni contrario para poder perderse. Hizo el capitán sus diligencias para hallarlo en unas y otras partes pero no apareció.

Y así seguimos nuestro camino por este mar de largo hasta el martes de octavas de Pascua, que era 21 de abril, en que encontramos algunas señales de tierra, siendo de dicha isla, según decían los pilotos, obra de seiscientas setenta o seiscientas setenta leguas, las cuales eran mucha cantidad de hierbas largas a las que los mareantes llaman sargazo y así otras que también llaman rabo de asno. Y el miércoles por la mañana [22 de abril] encontramos aves a las que llaman fura-buchos, y en este día a hora de vísperas avistamos tierra primeramente de un gran monte muy alto y redondo y de otras sierras más bajas al sur y de tierra llana con grandes arboledas.

A tal monte alto el capitán le puso el nombre de Monte Pascoal, y a la tierra, Terra da Vera Cruz.

Mandó lanzar el plomo y hallaron veinticinco brazas, y puesto el sol, obra de seis leguas de tierra. Lanzamos anclas en diecinueve brazas con fondeo limpio. Allí permanecimos toda aquella noche y el jueves por la mañana hicimos vela y seguimos derecho a tierra, con los navíos pequeños delante yendo por diecisiete, dieciséis, quince, catorce, trece, doce, diez y nueve brazas hasta media legua de tierra donde todos lanzamos anclas frente a la boca de un río y llegamos a este fondeo a las diez horas poco más o menos. Y allí avistamos hombres que andaban por la playa, obra de siete u ocho, según dijeron los navíos pequeños por haber llegado primero.

Allí lanzamos los bateles y esquifes y enseguida fueron todos los capitanes de las naves a esta nave del capitán mayor y allí hablaron y el capitán mandó a tierra en el batel a Nicolau Coelho para ver aquel río. Y en cuanto comenzó a irse para allá, acudían por la playa hombres de a dos y de a tres, de manera que, cuando el batel llegó a la boca del río, ya allá estaban dieciocho o veinte.

Pardos, desnudos, sin nada que les cubriera sus vergüenzas. Traían arcos en las manos, y sus flechas. Venían todos en dirección al batel. Y Nicolau Coelho les hizo una señal para que depusieran los arcos. Y ellos los depusieron. Pero no pudo con ellos hablar o entenderse, porque el mar quebraba en la costa. Solamente les lanzó un birrete rojo y una capucha de lino que llevaba en la cabeza, y un sombrero negro. Y uno de ellos le arrojó un sombrero de plumas de ave, largas, con una copa de plumas rojas y pardas, como de papagayo. Y otro le dio un ramo grande de cuentitas blancas, menudas que quieren parecer de aljófar, que creo que el Capitán le manda a Vuestra Alteza. Y así se volvió a las naves por ser tarde y no poder haber con ellos más conversación, por causa del mar.

A la noche siguiente hizo tanto viento con chaparrones que hizo que las naves buscaran abrigo. Y especialmente la Capitana. Y el viernes por la mañana, a las ocho horas, poco más o menos, por consejo de los pilotos, mandó el Capitán levantar anclas y hacer vela. Y fuimos a lo largo de la costa, con los bateles y esquifes amarrados en la popa, en dirección norte, para ver se encontrábamos algún abrigo y buen puerto, donde nosotros nos quedásemos, para buscar agua y leña. No porque nos faltaran, sino para prevenirnos aquí. Y cuando nos hicimos a la vela estarían ya en la playa sentados cerca del río unos sesenta o setenta hombres que se habían reunido allí de a poco. Fuimos a lo largo, y mandó el Capitán a los navíos pequeños que fuesen más cerca de la tierra y, si encontrasen lugar seguro para las naves, que amainasen.

Y navegando nosotros por la costa, a una distancia de diez leguas del lugar donde habíamos levantado el ancla, encontraron los navíos pequeños un arrecife con un puerto muy bueno y muy seguro, con una entrada muy ancha. Y se metieron adentro y amainaron. Y las naves fueron llegando, atrás de ellos. Y un poco antes de la puesta del sol se detuvieron también, talvez a una legua del arrecife, y anclaron a once brazas.

Y estando Afonso Lopez, nuestro piloto, en uno de aquellos navíos pequeños, fue, a mando del Capitán, por ser hombre vivo y diestro para eso, a entrar al esquife y sondar dentro del puerto. Y tomó dos de aquellos hombres de la tierra que estaban en una almadía: mancebos y de buenos cuerpos. Um de ellos traía un arco, y seis o siete flechas. Y en la playa andaban muchos con sus arcos y flechas; pero no los usaron. Después, ya de noche, los llevó a la nave Capitana, donde fueron recibidos con mucho placer y fiesta.

La apariencia de ellos es de pardos, un tanto rojizos, de buenos rostros y buenas narices, bien hechos. Andan desnudos, sin nada que les cubra. No hacen más caso de cubrir o dejar de cubrir sus vergüenzas que de mostrar la cara. En esto son de gran inocencia. Tenían el labio inferior perforado y metido en él un hueso verdadero, del largo de una mano, y de la espesura de un huso de algodón, agudo en la punta como un perforador. Los meten por la parte de dentro del labio; y la parte que les queda entre el labio y los dientes es hecha como un enroque de ajedrez. Y lo traen allí encajado de tal suerte que no los lastima, ni les estorba al hablar, ni comer y beber.

Los cabellos de ellos son lisos. Y andaban rapados, con un corte alto en el centro de la cabeza, de buen tamaño, rapados también por encima de las orejas. Y uno de ellos traía por debajo de la solapa, de lado a lado, en la parte de atrás, una especie de cabellera, de plumas de ave amarilla, que sería del largo de un coto, muy vasta y muy cerrada, que le cubría la nuca y las orejas. Y estaba pegada a los cabellos, pluma por pluma, con una confección blanda como, de manera tal que la cabellera era muy redonda y muy vasta, y muy igual, y no hacía falta más lavado para levantarla.

El Capitán, cuando ellos vinieron, estaba sentado en una silla, teniendo a los pies una alfombra por estrado; y bien vestido, con un collar de oro, muy grande, al cuello. Y Sancho de Tovar, y Simão de Miranda, y Nicolau Coelho, y Aires Corrêa, y nosotros que aquí en la nave con él íbamos, sentados en el suelo, en esa alfombra. Se encendieron las antorchas. Y ellos entraron. Pero ni señal de cortesía hicieron, ni de hablar al Capitán; ni a nadie. Uno de ellos miró fijamente el collar del Capitán, y comenzó a hacer señales con la mano en dirección a la tierra, y después al collar, como si quisiera decirnos que había oro en la tierra. Y también miró un candelabro de plata y así mismo señalaba en dirección a la tierra y nuevamente hacia el candelabro, ¡como si allá también hubiera plata!

Les mostraron un papagayo pardo que el Capitán trae con él; lo pusieron en la mano y señalaron hacia la tierra, como si los hubiera allí.

Les mostraron un carnero; no le hicieron caso.

Les mostraron una gallina; casi sintieron miedo de ella, y no le querían poner la mano. Después la tocaron, pero como espantados.

Les dieron allí de comer: pan y pescado cocido, dulces, provisiones, miel, pasas de higos. No quisieron comer casi nada de aquello; y si probaban algo, después lo arrojaban.

Les trajeron vino en una copa; mal se lo pusieron en la boca; no les gustó nada, ni quisieron más.

Les trajeron agua en una jarra, probaron cada uno un buche, pero no bebieron; apenas se enjuagaron las bocas y la escupieron.

Vio uno de ellos unas cuentas de rosario, blancas; hizo señas de que se las diesen, y jugó mucho con ellas, y se las puso al cuello; y después las sacó y las metió alrededor del brazo, y señalaba en dirección a la tierra y nuevamente hacia las cuentas y hacia el collar del Capitán, como si darían oro por aquello.

¡Esto lo tomábamos nosotros en ese sentido, por así lo deseábamos! Pero si él quería decir que se llevaría las cuentas y también el collar, esto no queríamos nosotros entender, ¡por que no se lo íbamos a dar! y después devolvió las cuentas a quien se las había dado. Y entonces se estiraron de espaldas en la alfombra, a dormir sin buscar maneras de cubrir sus vergüenzas, las cuales no eran circuncidadas; y las cabelleras de ellas estaban bien rapadas y hechas.

El Capitán mandó poner debajo de la cabeza de cada uno un cojín; y el de la cabellera se esforzaba para no estropearlo. Y colocaron un manto por encima de ellos; y consintiendo, se acomodaron y adormecieron.

Sábado por la mañana mandó el Capitán hacer vela, fuimos a buscar la entrada, que era muy ancha y tenía de seis a siete brazas de fondo. Y entraron todas las naves dentro, y anclaron en cinco o seis brazas -- ancladero tan grande y tan hermoso, y tan seguro que pueden quedarse en él más de doscientos navíos y naves. Y cuando las naves fueron distribuidas y ancladas, vinieron los capitanes todos a esta nave del Capitán-mayor. Y desde aquí mandó el Capitán que Nicolau Coelho y Bartolomeu Dias fuesen a tierra y llevasen a aquellos dos hombres, y los dejasen ir con sus arcos y flechas. Ordenó que les fuera dada a cada uno una camisa nova y una capucha roja y un rosario de cuentas blancas de hueso, que fueron llevando en los brazos, y un cascabel y una campanilla. Y mandó con ellos, para que allá se quedara, a un mancebo exiliado, criado de don João Telo, de nombre Afonso Ribeiro, para allá andar con ellos y conocer su manera de vivir y sus maneras. Y a mí me mandó a que fuese con Nicolau Coelho. Fuimos así derecho a la playa. Allí acudieron después cerca de doscientos hombres, todos desnudos, con arcos y flechas en las manos. A aquellos que nosotros llevamos les hicieron señas de que se alejasen y depusieran los arcos. Y ellos los depusieron.

Pero no se alejaron mucho. Y mal habían posado sus arcos cuando salieron los que nosotros llevábamos, y el mancebo exiliado con ellos. Y salidos no pararon más; ni esperaban uno por el otro, sino que corrían para ver quien correría más. Y pasaron un río que ahí corre, de agua dulce, de mucha agua que les daba por las bragas. Y muchos otros fueron con ellos. Y fueron así corriendo más allá del río entre unos arbustos de palmeras onde estaban otros. Y allí pararon. Y en eso había ido el exiliado con un hombre que, después de salir del batel, lo abrigó y lo llevó hasta allá. Pero después nos lo devolvieron. Y con él vinieron los otros que nosotros habíamos llevado, quienes venían ya desnudos y sin capuchas.

Y entonces comenzaron a llegar muchos; y entraban por la orilla del mar a los bateles, hasta que no podían más. Y traían calabazas de agua, y tomaban algunos barriles que nosotros llevábamos y los llenaban de agua y nos los traían hasta los bateles. No es que ellos subieran a bordo del batel. Pero junto a él, nos lanzaban los barriles con las manos. Y nosotros los tomábamos. Y nos pedían que les diésemos alguna cosa.

Llevaba Nicolau Coelho cascabeles y argollas. Y a unos daba un cascabel, y a otros una argolla, de manera tal que casi que nos querían dar la mano. Nos daban aquellos arcos y flechas a cambio de sombreros y capuchas de lino, y de cualquier cosa que nosotros les quisiéramos dar.

Desde allí partieron los otros, dos mancebos, que no los vimos más.

De los que allí andaban, muchos -- casi la mayor parte --traían aquellos picos de hueso en los labios.

Y algunos, que andaban sin ellos, traían los labios perforados y en los agujeros traían unos espejos de palo, que parecían espejos de goma. Y algunos de ellos traían tres de aquellos picos, a saber uno en el medio, y los dos en las puntas.

Y andaban allá otros, adornados de colores, a saber mitad de ellos de su propio color, y mitad de tintura negra, un tanto azulada; y otros con el cuerpo dibujado.

Allí andaban entre ellos tres o cuatro mozas, bien jovencitas y gentiles, con cabellos muy negros y largos por las espaldas; y sus vergüenzas, tan altas y tan cerraditas y tan limpias de las cabelleras que, de que nosotros las miráramos, no se avergonzaban.

Allí por entonces no hubo más palabras o entendimiento con ellos, porque el barullo era tanto que se no entendía ni oía nadie. Les hicimos señas de que se fuesen. Y así lo hicieron y se fueron más allá del río. Y salieron tres o cuatro hombres nuestros de los bateles, y llenaron no sé quantos barriles de agua que nosotros llevábamos. Y retornamos a las naves. Y cuando así veníamos, nos hicieron señas de que volviéramos. Volvimos, y ellos mandaron al exiliado y no quisieron que se quedase allá con ellos, que llevara una palangana pequeña y dos o tres capuchas rojas para allá dárselas al señor, si allá lo hubiera. No trataron de sacarle nada, en vez de eso lo mandaron de vuelta con todo. Pero entonces Bartolomeu Dias le hizo volver, para que entregase aquello. Y él volvió y dio aquello, adelante nuestro, a quien lo había abrigado primero. Y entonces volvió, y nosotros lo llevamos.

Ese que lo abrigó era ya de edad, y andaba gallardo, lleno de plumas pegadas por el cuerpo, que lo hacía parecer flechado, como San Sebastián. Otros traían tocados de plumas amarillas; y otros, de rojas; y otros de verdes. Y una de aquellas mozas era toda teñida de arriba a abajo, de aquella tintura y es verdad que era tan bien hecha y tan redonda, y su vergüenza tan graciosa que a muchas mujeres de nuestra tierra, viéndole la apariencia, se avergonzarían, por no tenerlas como ella.

Ninguno de ellos era circuncidado, pero todos así como nosotros.

Y así volvimos, y ellos se fueron.

A la tarde salió el Capitán-mayor en su batel con todos nosotros otros capitanes de las naves en sus bateles a descansar por la bahía, cerca de la playa. Pero nadie salió a tierra, por que el Capitán no lo quiso, a pesar de que nadie estaba en ella. Apenas salió -- él con todos nosotros -- a una isla grande que está en la bahía, que, en la bajamar, queda muy vacía. Con todo está cercado de agua por todos lados, de suerte que nadie allá pudo ir, a no ser en barco o a nado. Allí descansó él, y todos nosotros, una hora y media. Y pescaron allá, andando algunos marineros con un chinchorro; y mataron pescados pequeños, no muchos. Y después nos volvimos a las naves, ya bien entrada la noche.

El domingo de Pascua por la mañana, determinó el Capitán ir oír misa y sermón en aquella isla. Y mandó a todos los capitanes que se acomodasen en los bateles y fuesen con él. Y así fue hecho. Mandó armar un pabellón en aquella isla, y levantar un altar muy bien arreglado. Y allí con todos nosotros hizo decir misa, rezada por el Padre Henrique, en voz entonada, y oficiada con aquella misma voz por los otros padres y sacerdotes que todos asistieron, misa, que según me parece, fue oída por todos con mucho placer y devoción.

Allí estaba con el Capitán la bandera de Cristo, que salió de Belém, que estuvo siempre bien alta, de la parte del Evangelio.

Acabada la misa, se desvistió el padre y subió a una silla alta; y nosotros todos nos lanzamos por esa arena. Y predicó una solemne y provechoso sermón, de la historia evangélica; y finalmente trató de nuestra vida, y del descubrimiento de esta tierra, refiriéndose a la Cruz, bajo cuya obediencia vinimos, lo que vino muy a propósito, y provocó mucha devoción.

Mientras asistimos a la misa y al sermón, llegó a la playa otro tanto de gente, poco más o menos, como la de ayer, con sus arcos y flechas, y andaba descansado. Y mirándonos, se sentaron. Y después de acabada la misa, cuando nosotros sentados atendíamos la prédica, se levantaron muchos de ellos y tocaron cuernos o bocinas y comenzaron a saltar y danzar un poco. Y algunos de ellos se metían en almadías -- dos o tres que allá había -- las cuales no son hechas como las que yo vi; apenas son tres vigas, atadas juntas. Y allí se metían cuatro o cinco, o los que querían, sin alejarse casi nada de la tierra, sólo hasta onde podían hacer pie.

Acabada la prédica el Capitán se dirigió, con todos nosotros, a los bateles, con nuestra bandera en alto. Embarcamos y fuimos yendo todos en dirección a la tierra para pasar a lo largo de donde ellos estaban, yendo a la delantera, por orden del Capitán, Bartolomeu Dias en su esquife, con un palo de una almadía que el mar les llevara, para entregárselo a ellos. Y nosotros todos atrás de él, a distancia de un tiro de piedra.

Como vieron el esquife de Bartolomeu Dias, fueron todos al agua, metiéndose en ella hasta donde más lejos podían. Les hicieron señas para que posasen los arcos y muchos de ellos los iban poniendo en la tierra; y otros no los ponían.

Andaba allá un que hablaba mucho con los otros, diciéndoles que se alejasen. Pero no me parecía que le tuvieran respeto o miedo. Este que así los andaba alejando traía su arco y flechas. Estaba teñido de tintura roja en el pecho y espaldas y por las caderas, muslos y piernas hasta abajo, pero el abdomen con la barriga y estómago eran de su propio color. Y la tintura era tan roja que el agua no la descoloría ni deshacía. Al contrario, cuando salían del agua, la tintura estaba más roja. Salió un hombre del esquife de Bartolomeu Dias y andaba en el medio de ellos, sin que pelearan con él, y mucho menos pensaran en hacerle mal.

Apenas le daban calabazas de agua; y hacían señas a los del esquife para que bajasen a tierra. Con esto se volvió Bartolomeu Dias al Capitán. Y nos vinimos a las naves, a comer, tocando trompetas y harmónicas, sin molestarlos más. Y ellos volvieron a sentarse en la playa, y así se quedaron entonces.

En esa isla, a donde fuimos oír misa y sermón, se explaya mucho el agua y descubre mucha arena y mucho pedregullo. Mientras allá estábamos algunos fueron a buscar mariscos y no los encontraron. Pero encontraron algunos camarones gruesos y cortos, entre los cuales había uno muy grande y muy grueso; de un tamaño que yo había visto nunca antes. También encontraron cáscaras de berberechos y de almejas, pero no encontraron ninguna pieza entera. Y después de haber comido vinieron todos los capitanes a esta nave, por orden del Capitán-mayor, con quienes él habló; y yo en compañía de ellos. Y nos preguntó a todos si nos parecía bien mandar la nueva del descubrimiento de esta tierra a Vuestra Alteza por el navío de las provisiones, para mejor mandar descubrir y saber de ella más de lo que nosotros podíamos saber, por irnos en nuestro viaje.

Y entre muchas palabras que sobre este caso se dijeron, por todos o la mayor parte, se concluyó que sería muy bueno. Y en esto concordaron. Y después que la resolución fue tomada, se preguntó más, si sería bueno tomar aquí por la fuerza a un par de estos hombres para mandárselos a Vuestra Alteza, dejando aquí en lugar de ellos a otros dos de estos exiliados.

Y concordaron en que no era necesario tomar por la fuerza hombres, porque costumbre era de los que así a la fuerza eran llevados a algún lugar decir que hay de todo lo que les preguntan; y que más y mucho mejor información de la tierra nos darían dos hombres de esos exiliados que aquí dejásemos, que si la información fuera llevada por gente que nadie entiende.

Ni ellos rápidamente aprenderían a hablar como para saber decir tan bien cuando Vuestra Alteza mande.

Y que por tanto no tomáramos por la fuerza a nadie, ni hiciéramos escándalo; sino que calmáramos y apaciguáramos a todos, y cuidáramos, únicamente, de dejar aquí a los dos exiliados cuando de aquí nos fuéramos.

Y así quedó determinado, porque a todos les pareció mejor.

Acabado esto, dijo el Capitán que fuésemos en los bateles a tierra. Y se vería bien bajar el río. Pero también para descansar.

Fuimos todos en los bateles a tierra, armados; y la bandera con nosotros. Ellos andaban allí en la playa, en la boca del río, para donde nosotros íbamos; y, antes de que llegásemos, por lo que ya habían aprendido, pusieron todos los arcos, e hicieron señas de que saliésemos. Mas, cuando los bateles pusieron las proas en tierra, todos cruzaron al otro lado del río, que no es muy ancho.

Y cuando desembarcamos, algunos de los nuestros cruzaron el río, y se metieron entre ellos.

Y algunos aguardaban; y otros se alejaban. Sin embargo, lo que acabó sucediendo fue que todos andaban mezclados. Ellos nos daban de esos arcos con sus flechas a cambio de sombreros y capuchas de lino, y de cualquier cosa que les dábamos. Tantos de los nuestros pasaron al otro lado y anduvieron así mezclados con ellos, que ellos se esquivaban, y se alejaban; y algunos subían hasta donde otros estaban. Y entonces el Capitán hizo que dos hombres lo llevasen en andas y cruzó el río, y los hizo volver a todos. La gente que allí estaba no debería ser más que los que allí solían estar. Pero después que el Capitán los llamó a todos para que retrocedieran, algunos se acercaron a él no por reconocerlo como señor, sino porque nuestra gente ya había vuelto del río. Allí hablaban y traían muchos arcos y cuentitas, de las que ya fueron mencionadas y las cambiaban por cualquier cosa, de manera tal que los nuestros llevaban de allí a las naves muchos arcos, y flechas y cuentas. Y entonces volvió el Capitán al río. Y después acudieron muchos hasta él.

Allí estaban galantes, pintados de negro y rojo, y adornados, tanto los cuerpos como las piernas, que, por cierto, así parecían bien. También andaban entre ellos cuatro o cinco mujeres, jóvenes, que así desnudas, no parecían mal. Entre ellas andaba una, con un muslo pintado, desde la rodilla hasta la cadera y la nalga, totalmente teñido con aquella tintura negra; y todo el resto de su color natural. Otra tenía ambas rodillas con las curvas así pintadas, y también el empeine de los pies; y sus vergüenzas tan desnudas, y con tanta inocencia así descubiertas, que no había en eso ninguna desvergüenza.

También andaba allá otra mujer, joven, con un niño o niña, atado con un paño a los pechos, de modo que no se le veían sino las piernitas. Pero en las piernas de la madre, y en el resto, no había ningún paño.

En seguida el Capitán fue subiendo a lo largo del río, que corre paralelo a la playa. Y allí esperó a un viejo que traía en la mano una pala de almadía. Habló, mientras el Capitán estaba con él, ante la presencia de todos nosotros; pero nadie le entendía, ni él a nosotros, por mucho que le preguntáramos a respecto del oro, porque deseábamos saber si lo había en tierra adentro.

Este viejo tenía el labio tan perforado que podría pasar por el agujero un grueso dedo pulgar. Y traía metida en el agujero una piedra verde, de ningún valor, que cerraba por fuera aquel agujero. Y el Capitán se la hizo sacar. Y él no sé que diablos decía e iba con ella hasta la boca del Capitán para metérsela. Nos reímos un poco e hicimos chanzas sobre esto. Y entonces el Capitán se enfadó y lo dejó. Y uno de los nuestros le dio a cambio de la piedra un sombrero viejo; no porque ella valiera alguna cosa, sino para tener una muestra. Y después quedó con el Capitán, creo, para mandarla con las otras cosas a Vuestra Alteza.

Anduvimos por ahí viendo las orillas, donde hay mucha agua y muy buena. A lo largo del río hay muchas palmeras, no muy altas; y muchos buenos palmitos. Recogimos y comimos muchos de ellos.

Después el Capitán ordenó volver río abajo hasta la boca del río, donde habíamos desembarcado.

Y al otro lado del río andaban muchos de ellos danzando y divirtiéndose, unos frente a los otros, sin tomarse de las manos. Y lo hacían bien. Entonces Diogo Dias, que había sido almojarife de Sacavém, y que es un hombre gracioso y de placer cruzó a la otra banda del río. Y llevó consigo a un gaitero nuestro con su harmónica. Y se puso a danzar con ellos, tomándolos de las manos; y ellos se divertían y reían y danzaban con él muy bien al son de la harmónica. Después de danzar dio allí muchas vueltas ligeras, andando por el piso, y dio un salto real, del que se ellos se espantaron y rieron y se divirtieron mucho. Y mientras que con aquello los atrajo y les gustó mucho, después mostraban ariscos como animales monteses, y se fueron hacia arriba.

Y entonces pasó el río el Capitán con todos nosotros, y fuimos por la playa, mientras que los bateles iban paralelos a la tierra. Y llegamos a una gran laguna de agua dulce que está cerca de la playa, porque toda aquella ribera del mar es pantanosa y sale el agua por muchos lugares.

Y después de pasar el río, fueron unos siete u ocho de ellos a meterse entre los marineros que se recogían a los bateles. Y llevaron de allí un tiburón que Bartolomeu Dias mató. Y lo llevaron y lo arrojaron a la playa.

Bastará que hasta aquí, como sea que se les amanse, se esquiven de un lado al otro, como gorriones en el comedero. Nadie se atreve a hablarles duramente para que no se esquiven más. Y todo sucedes tal como ellos quieren -- ¡para amansarlos bien!

El viejo con quien el Capitán había hablado le dio una capucha roja. Y con toda la conversación que hubo con él, y con a capucha que se le dio, igualmente se despidió y comenzó a cruzar el río, alejándose. Y ya no quiso más volver para este lado del río. Los otros dos que estuvieron con el Capitán en las naves, a quienes les dio todo lo que ya mencioné, nunca más aquí aparecieron -- hecho del cual deduzco que se trata de gente bestial y de poco saber, y por eso tan arisca. Pero a pesar de todo eso andan bien fuertes, y muy limpios. Y con esto me convenzo cada vez más de que son como aves, o criaturas del monte, a las cuales el aire les da mejores plumas y mejor cabello que a las criaturas mansas, porque sus cuerpos son tan limpios y tan gordos y tan hermosos que no podrían ser más hermosos de lo que son y esto me hace suponer que no tienen casas ni viviendas en las que se recojan; y el aire en que se crían los hace así. Nosotros por el menos no vimos hasta agora ninguna casa, o cosa que se le parezca.

Mandó el Capitán a aquel exiliado, Afonso Ribeiro, que se fuese otra vez con ellos. Y fue; y anduvo allá un buen tiempo, pero de tarde regresó, porque ellos lo hicieron volver y no quisieron que allá se quedara. Y le dieron arcos y flechas; y no le tomaron nada de lo que era suyo. Antes, dijo él, que uno de ellos le tomó unas cuentitas amarillas que llevaba y huyeron con ellas, y él se quejó y los otros corrieron atrás de él, y las recuperaron y volvieron a dárselas y entonces lo mandaron volver. Dijo que no vio allá entre ellos otra cosa que unas cabañas de ramas verdes y de helechos muy grandes, como las que hay en el Entre Douro y Minho. Y así nos volvimos a las naves, ya casi de noche, a dormir.

El lunes, después de comer, salimos todos a tierra a tomar agua. Allí vinieron entonces muchos; pero no tantos como las otras veces. Y traían ya muy pocos arcos. Y estuvieron un poco alejados de nosotros; pero después poco a poco se mezclaron nosotros; y nos abrazaban y se divertían; pero algunos de ellos se esquivaban después. Allí algunos cambiaban arcos por hojas de papel y por alguna capucha vieja y por cualquier cosa. Y de tal manera sucedieron las cosas que unas veinte o treinta personas de las nuestras se fueron con ellos hacia donde otros muchos de ellos estaban con mozas y mujeres. Y trajeron de allá muchos arcos y birretes de plumas de aves, unos verdes, otros amarillos, de los cuales creo que el Capitán ha de mandar una muestra a Vuestra Alteza.

Y según decían los que allá habían ido, jugaron con ellos. En este día los vimos más de cerca y más a gusto, porque andaban casi todos mezclados: unos andaban dibujados con aquellas tintas, otros por la mitad, otros parecían como con un paño, y todos con los labios perforados, muchos con huesos en ellos, y otros sin huesos. Algunos traían unos erizos verdes, de árboles, que en el color querían parecer de castañeras, aunque fuesen mucho más pequeños. Y estaban llenos de unos granos rojos, pequeños que, apretándolos entre los dedos, se deshacían en una tinta muy roja con la que andaban teñidos. Y cuanto más se mojaban, tanto más rojos quedaban.

Todos andan rapados hasta por encima de las orejas; incluso de cejas y pestañas.

Traen todas las cabezas, de lado a lado, pintadas con tintura negra, que parece una cinta negra de dos dedos de ancho.

Y el Capitán mandó a aquel exiliado Afonso Ribeiro y a otros dos exiliados a que a fuesen meterse entre ellos; y también a Diogo Dias, por ser un hombre alegre, con quien ellos se divertían. Y a los exiliados les ordenó que se quedasen allá esa noche.

Se fueron allá todos; y anduvieron entre ellos. Y según lo que después decían, fueron aproximadamente una legua y media hasta una pueblo, en que habría nueve o diez casas, que dijeron que eran tan largas, cada una de ellas, como esta nave capitana. Y eran de madera, y con las paredes de tablas, y cubiertas de paja, de razonable altura; y todas con un único espacio, sin divisiones, tenían por dentro muchos pilares; y desde un pilar hasta el otro, había redes atadas con cabos a cada pilar, altas, en que dormían. Y abajo, para calentarse, hacían sus fuegos. Y tenía cada casa dos puertas pequeñas, una en una extremidad, y otra en la opuesta.

Y decían que en cada casa se recogían treinta o cuarenta personas, y que así los encontraron; y que les dieron de comer de los alimentos que tenían, a saber mucha yuca, y otras semillas que en la tierra crecen, que ellos comen. Y como se hacía tarde los hicieron volver a todos; y no quisieron que allí se quedase nadie. Y también, según decían, querían venir con ellos. Cambiaron allá por cascabeles y otras cositas de poco valor, que llevaban, papagayos rojos, muy grandes y hermosos, y dos verdes pequeños, y adornos de plumas verdes, y una tela de plumas de muchos colores, una especie de tejido asaz bello, según Vuestra Alteza todas estas cosas verá, porque el Capitán os las ha de mandar, según dijo. Y con esto vinieron; y nosotros volvimos a las naves.

El martes, después de comer, fuimos a tierra, a hacer leña, y lavar ropa. Estaban en la playa, cuando llegamos, unos sesenta o setenta, sin arcos ni nada. Cuando llegamos, vinieron enseguida hacia nosotros, sin esquivarse. Y después acudieron muchos, que serían unos doscientos, todos sin arcos. Y tanto se mezclaban todos con nosotros que unos nos ayudaban a acarrear leña y a meterla en los bateles. Y luchaban con los nuestros, y lo hacían con placer. Y mientras preparábamos la leña, construían dos carpinteros una gran cruz con un palo que había sido cortado para eso. Muchos de ellos venían allí a estar con los carpinteros. Y creo que lo hacían más que nada para ver la herramienta de hierro con que la hacían más que para ver la cruz, porque ellos no tienen cosas de hierro, y cortan su madera y palos con piedras hechas como cuñas, metidas en un palo entre dos talas, muy bien atadas y de esa manera quedan fuertes, porque las vieron allá. La conversación de ellos con nosotros era tanta que casi nos estorbaban con lo que teníamos que hacer.

Y el Capitán mandó a dos exiliados y a Diogo Dias a que fuesen allá a la aldea y que de ninguna manera viniesen a dormir a las naves, aunque los echasen. Y así se fueron.

Mientras andábamos en ese bosque cortando leña, atravesaban algunos papagayos esos árboles; verdes unos, y pardos, otros, grandes y pequeños, de tal suerte que me parece que habrá muchos en esta tierra. Los que vi no serían más de nueve o diez, cuando mucho. Otras aves no vimos entonces, a no ser algunas palomas, y me parecieron bastante mayores que las de Portugal. Varios decían que vieron otro tipo de palomas pequeñas, pero yo no las vi. Los árboles son muchos y grandes, y de infinitas especies, ¡no dudo que por ese interior haya muchas aves!

Y al llegar la noche nosotros volvimos a las naves con nuestra leña.

Yo creo, señor, que no le informé aquí a Vuestra Alteza sobre la fabricación de sus arcos y flechas. Los arcos son negros y largos, y las flechas largas; y las puntas son de cañas cortadas, tal como Vuestra Alteza verá algunos que creo que el Capitán ha de enviar a Vuestra Alteza.

El miércoles no fuimos a tierra, porque el Capitán anduvo todo el día en el navío de las provisiones a vaciarlo y hacer llevar a las naves lo que cada uno podía llevar. Ellos acudieron a la playa, muchos, tal como vimos desde las naves. Serían cerca de trecientos, según Sancho de Tovar que para allá fue. Diogo Dias y Afonso Ribeiro, el exiliado, a quienes el Capitán ayer ordenó que allá durmiesen, habían vuelto ya de noche, por ellos no quisieron que allá se quedasen. Y traían papagayos verdes; y otras aves negras, que tenían el pico blanco y rabos cortos. Y cuando Sancho de Tovar volvió a la nave, querían venir con él, algunos; pero él no admitió sino a dos mancebos, bien dispuestos y hombres de bien. Mandó pensar y curarlos muy bien esa noche. Y comieron toda la ración que les dieron, y mandó darles cama de sábanas, según él dijo. Y durmieron y descansaron aquella noche. Y no hubo más este día que para escribir sea.

El jueves, último de abril, comimos temprano, casi de mañana, y fuimos a tierra por más leña y agua. Y queriendo el Capitán salir de esta nave, llegó Sancho de Tovar con sus dos huéspedes. Y por él aun no haber comido, le pusieron toallas, y le trajeron comida. Y comió. Los huéspedes, se sentaron cada uno en su silla. Y de todo cuanto les dieron, comieron muy bien, especialmente jamón cocido frío, y arroz. No les dieron vino por Sancho de Tovar decir que no bebían bien.

Acabada la comida, nos metimos todos en el batel, y ellos con nosotros. Le dio un grumete a uno de ellos un pedazo grande de porco montés, bien preparado. Y después que al tomó la puso en el labio; y porque no quería asegurarlo, le dieron un poco de cera roja. Y él acomodó su aderezo de la parte de atrás de suerte tal que asegurase, y la puso en el labio, así dado vuelta para arriba; e iba tan contento con ella, como si tuviera una gran joya. Y cuando llegamos a tierra, se fue con ella. Y no volvió a aparecer allá.

Andaban en la playa, cuando salimos, ocho o diez de ellos; y de ahí a poco comenzaron a venir. Y me parece que vinieron este día a la playa cuatrocientos o cuatrocientos cincuenta. Algunos de ellos traían arcos y flechas; y dieron todo a cambio de capuchas y de cualquier cosa que les daban. Comían con nosotros lo que les dábamos, y algunos de ellos bebían vino, mientras que otros no podían beber. Pero me parece que, si los acostumbramos, ¡lo han de beber de buena gana! Andaban todos tan bien dispuestos y tan bien hechos y galantes con sus pinturas que agradaban. Acarreaban de esa leña toda la que podían, con mil buenas amabilidades, y la llevaban a los bateles. Y estaban ya más mansos y seguros entre nosotros de lo que nosotros estábamos entre ellos.

Fue el Capitán con algunos de nosotros hasta un arroyo grande, y de mucha agua, que a nuestro parecer es el mismo que llega hasta la playa, en que nosotros tomamos agua. Allí descansamos un poco, bebiendo y reposando, a lo largo del arroyo, entre ese árbol que es de tanto tamaño y tan vasto y de tanta calidad de follaje que no se pode calcular. Hay allá muchas palmeras, de las que recogimos muchos y buenos palmitos.

Al salir del batel, dijo el Capitán que sería buen irnos directamente a la cruz que estaba recostada a un árbol, junto al río, para ser colocada mañana, viernes, y que nos pusiésemos todos de rodillas y la besásemos para que ellos vieran la obediencia que le teníamos. Y así lo hicimos. Y a esos diez o doce que allá estaban, les hicieron señas de que hiciesen lo mismo; y después fueron todos a besarla.

Me parece que son gente de tal inocencia que, si nosotros entendiésemos su idioma y ellos el nuestro, serían rápidamente cristianos, ya que no tienen ni entienden ninguna creencia, según las apariencias. Y por lo tanto si los exiliados que aquí han de quedarse aprendieran bien su idioma y los entendieran, no dudo que ellos, según la santa atención de Vuestra Alteza, se harán cristianos y han de creer en la nuestra santa fe, a la cual plaza a Nuestro señor que los traga, porque ciertamente esta gente es buena y de bella simplicidad. Y se imprimirá fácilmente en ellos cualquier canon que quisieren darles, ya que Nuestro Señor les dio buenos cuerpos y buenos rostros, como a hombres buenos. Y si Él nos trajo aquí creo que no fue sin causa. Y por tanto Vuestra Alteza, que tanto desea acrecentar la Santa Fe Católica, debe encargarse de la salvación de ellos. ¡Y le placerá a Dios que con poco trabajo así sea!

Eles no labran ni crían. Ni ha aquí buey o vaca, cabra, oveja o gallina, o cualquier otro animal que esté acostumbrado al vivir del hombre. Y no comen sino de esta yuca, de la que aquí hay mucha, y de esas semillas y frutos que la tierra y los árboles producen. Y con esto andan tales y tan fuertes y tan relucientes que no lo somos nosotros tanto, con todo el trigo y legumbres que comemos.

Ese día, mientras allí anduvieron, danzaron y bailaron siempre con los nuestros, al son de un tamboril nuestro, como si fuesen más amigos nuestros que nosotros suyos. Si les hacíamos señas, preguntando si querían venir a las naves, se preparaban rápidamente para eso, de modo tal, que si los invitáramos a todos, todos vendrían. Sin embargo no llevamos esta noche a las naves más que cuatro o cinco; a saber, el Capitán-mayor, dos; y Simão de Miranda, uno que ya traía por paje; y Aires Gomes a otro, paje también. Los que el Capitán traía, era uno de ellos un de sus huéspedes que le habían traído la primera vez cuando aquí llegamos -- quien vino hoy aquí vestido con su camisa, y con él un hermano; y fueron esta noche muy bien abrigados tanto de comida como de cama, de colchones y sábanas, para amansarlos más.

Y hoy que es viernes, primer día de mayo, por la mañana, salimos a tierra con nuestra bandera; y fuimos a desembarcar río arriba, en el sur, donde nos pareció que sería mejor arbolar la cruz, para que fuera mejor vista. Y allí marcó el Capitán el sitio onde habían de hacer el pozo para levantarla. Y mientras lo iban abriendo, él con todos nosotros otros fuimos a buscar la cruz, río abajo, donde ella estaba. Y con los religiosos y sacerdotes que cantaban, al frente, fuimos trayéndola desde allí, como en una procesión. Había ya ahí cantidad de ellos, unos setenta u ochenta; y cuando nos vieron llegar, algunos se fueron a meter debajo de ella, para ayudarnos. Pasamos el río, a lo largo de la playa; y fuimos a colocarla donde iba a quedar, que será a unos dos tiros de piedra del río. Andando allí en esto, vendrían unos ciento cincuenta, o más. Plantada la cruz, con las armas y la divisa de Vuestra Alteza, que primero la habían clavado, armó el altar al pie de ella. Allí dijo misa el Padre Henrique, que fue cantada y oficiada por esos ya mencionados. Allí estuvieron con nosotros, cerca de cincuenta o sesenta de ellos, colocados todos de rodillas así como nosotros. Y cuando se leyó el Evangelio, nos pusimos todos de pie, con las manos levantadas, ellos se levantaron con nosotros, y alzaron las manos, estando así hasta llegar al fin; y entonces volvieron a sentarse, como nosotros. Y cuando levantaron a Dios, que nos pusimos de rodillas, ellos se pusieron así como nosotros estábamos, con las manos levantadas, y en tal manera sosegados que certifico a Vuestra Alteza que nos produjo mucha devoción.

Estuvieron así con nosotros hasta acabada la comunión; y después de la comunión, comulgaron esos religiosos y sacerdotes; y el Capitán con algunos de nosotros. Y algunos de ellos, porque el sol estaba alto, se levantaron mientras estábamos comulgando, y otros estuvieron y se quedaron. Uno de ellos, hombre de cincuenta o cincuenta y cinco anos, se mantuvo allí con quienes se quedaron. Ese, mientras así estábamos, juntaba a los que allí se habían quedado, y aun llamaba a otros. Y andando así entre ellos, hablándoles, les mostró con el dedo el altar, y después les mostró con el dedo hacia el cielo, como si les dijese algo de bueno; ¡y nosotros así el tomamos!

Acabada la misa, se sacó el padre la vestimenta de cima, y se quedó con la túnica blanca; y así se subió, junto al altar, a una silla; y allí nos predicó el Evangelio y los Apóstoles, de quien es el día, tratando al final de la prédica de ese vuestro proseguimiento tan santo y virtuoso, que nos causó más devoción.

Esos que estuvieron siempre en la prédica estaban, así como nosotros, mirándolo. Y aquel que digo, llamaba a algunos, para que viniesen allí. Algunos venían y otros se iban; y acabada la prédica, traía Nicolau Coelho muchas cruces de estaño con crucifijos, que le quedaron de la otra venida. Y quiso que cada uno se colocase una cruz al cuello. Por esa causa se puso el Padre Henrique al pie de la cruz; y allí colocaba a todos – uno por un -- al cuello, atada con un hilo, haciéndola primero besar y levantar las manos. Venían a eso muchos; y las colocaban todas, que serían unas cuarenta o cincuenta. Y esto acabado -- era ya bien una hora después del medio día -- vinimos a las naves a comer, donde el Capitán trajo consigo a aquel mismo que les hizo a los otros aquel gesto hacia el altar y hacia el cielo, (y a un hermano con él). A aquel le hizo mucho honor y le dio una camisa morisca; y al otro otra camisa.

Y según lo que a mí y a todos nos pareció, a esta gente, no les falta otra cosa para ser del todo cristiana, que entendernos, porque así hacían lo que nos veían hacer como nosotros mismos; por lo que nos pareció a todos que ninguna idolatría ni adoración tienen. Y bien creo que, si Vuestra Alteza aquí mandara a alguien entre ellos, todos serán convertidos al deseo de Vuestra Alteza. Y por eso, se alguien viniera, que no deje rápido de venir un clérigo para bautizarlos; porque ya entonces tendrán más conocimientos sobre nuestra fe, por los dos exiliados que aquí entre ellos se quedan, quienes hoy también comulgaron.

Entre todos estos que hoy vinieron no vino más que una mujer, moza, que estuvo siempre en la misa, a quien le dieron un paño con que se cubriera; y se lo pusieron alrededor de ella. Al sentarse, no se acordaba de extenderlo bien para cubrirse. Así, señor, la inocencia de esta gente es tal que la de Adán no sería mayor -- con respecto al pudor.

Vea Vuestra Alteza quien en tal inocencia vive si se convirtiera, o no, si les enseñaran lo que pertenece a su salvación.

Acabado esto, fuimos adelante de ellos a besar la cruz. Y nos despedimos y fuimos a comer.

Creo, señor, que, con estos dos exiliados que aquí se quedan, se quedarán dos grumetes más, que esta noche huyeron a tierra, de esta nave, en el esquife, fugitivos, y no vinieron más. Y creemos que se quedarán aquí porque de mañana, si Dios quiere, partiremos de aquí.

Esta tierra, señor, me parece que, desde la punta más al sur vimos, hasta la otra punta que contra el norte está, de lo que nosotros de este puerto podemos ver, será tamaña que habrá en ella unas veinte o veinte y cinco leguas de costa. Hay a lo largo del mar en algunas partes grandes barreras, unas rojas, y otras blancas; y la tierra adentro es toda plana y muy llena de grandes árboles. De punta a punta es toda playa... muy plana y muy hermosa. Por el interior nos pareció, vista desde el mar, muy grande; porque al extender la mirada, no podíamos ver otra cosa que tierra y árboles -- tierra que nos parecía mucho extensa.

Hasta ahora no pudimos saber si hay oro o plata en ella, u otra cosa de metal, o hierro; no la vimos. Sin embargo, la tierra en sí es de muy buenos aires frescos y templados como los de Entre-Douro y Minho, porque en este tiempo actual así los encontrábamos como los de allá. Aguas son muchas; infinitas. De tal manera es graciosa que, queriéndola aprovechar, todo ella dará; ¡por causa de las aguas que tiene!

Sin embargo, el mejor fruto que de ella se pode sacar me parece que será salvar esta gente. Y esta debe ser la principal semilla que Vuestra Alteza en ella debe lanzar. Y que no hubiera más que tener Vuestra Alteza aquí esta posada para la navegación de Indias bastaba. Cuanto más, disposición para en ella cumplir y hacer lo que Vuestra Alteza tanto desea, a saber, ¡el crecimiento de nuestra fe!

Y de esta manera doy aquí a Vuestra Alteza cuenta de lo que en esta Vuestra tierra vi. Y si un poco extendí, que Vuestra Alteza me perdone.

Porque el deseo que tenía de deciros todo, me lo hizo poner así.

Y puesto que, Señor, es cierto que tanto en este cargo que desempeño como en otra cualquier cosa que de Vuestro servicio sea, Vuestra Alteza ha de ser por mí muy bien servido. Le pido que, para hacerme una singular merced, mande venir desde la isla de San Tomé a Jorge de Osorio, mi yerno -- favor que de Vuestra Alteza recibiré con mucha merced.

Beso las manos de Vuestra Alteza.

De este Puerto Seguro, de la Vuestra Ilha (Isla) de Vera Cruz, actualmente, viernes, primer día de mayo de 1500.

Pero Vaz de Camina.

La Carta de Pero Vaz de Camina
Edición de base: Carta a El Rey D. Manuel,
Dominus : São Paulo, 1963.
NUPILL - Núcleo de Investigaciones en Informática, Literatura y Lingüística